LA CRISIS DE LA TASA DE NATALIDAD EN CHINA
Por el Padre Shenan J. Boquet – presidente de Vida Humana Internacional Publicado el 27 de octubre del 2025
Un titular reciente de un artículo publicado por la cadena inglesa BBC es asombroso. "China ofrece a los padres 1500 dólares para impulsar la natalidad", dice. Un momento. ¿El gobierno comunista chino ahora financia la maternidad? ¿El mismo Partido Comunista que, durante décadas, impuso el régimen de control demográfico más brutal del mundo?
Vale la pena recordar brevemente cuán extremas, bárbaras y férreas fueron las medidas de control demográfico de China. Desde la década de 1970, a las mujeres chinas solo se les permitía tener un hijo. Las únicas excepciones eran las mujeres que vivían en zonas rurales, a quienes se les permitía tener un segundo hijo.
Para las mujeres que violaban la política, ya fuera accidental o intencionalmente, se aplicaban severas represalias. La más brutal era el aborto forzado de su hijo nonato, de hasta nueve meses de gestación. En innumerables casos, las mujeres eran víctimas de esterilización forzada.
En los casos en que el gobierno no intervenía a tiempo y nacía un niño "ilegal", este podía vivir como un paria social. Para el gobierno, el niño no existía. Carecía de identidad legal y, por lo tanto, no podía acceder a servicios básicos como la educación y la atención médica, para lo cual se requería la ciudadanía china. La magnitud de la miseria y el trauma que estas políticas inhumanas han infligido a millones de chinos durante décadas es tan enorme que resulta imposible de enumerar.
El pánico del Partido Comunista
Las políticas de control demográfico de China eran tan extremas y defendidas con tanta ferocidad por el gobierno, que a menudo parecía que la situación nunca cambiaría. El mayor temor del Partido Comunista, al parecer, era el crecimiento demográfico descontrolado, que, según las predicciones de los alarmistas de la superpoblación de la década de 1960, provocaría hambrunas generalizadas, enfermedades, guerras y colapso social.
Por ello, desplegaron todos los recursos, creando una vasta burocracia y una fuerza policial complementaria con total autoridad para hacer todo lo necesario para prevenir el nacimiento de niños "excedentes".
Y entonces, todo cambió.
Alrededor del año 2015, comenzaron a circular noticias desde China de que el gobierno estaba empezando a flexibilizar la política. En 2016, el gobierno anunció oficialmente que las mujeres chinas podrían tener dos hijos. Y posteriormente, en 2021, el límite se elevó a tres.
Desde entonces, la impresión cada vez mayor no es la de un gobierno que levanta gradualmente una política según proyecciones demográficas minuciosas, sino la de un gobierno en estado de pánico.
Este pánico se refleja en los titulares de un número creciente de artículos en publicaciones convencionales, que están desvelando los costos ocultos de la brutal política del hijo único. "La crisis de fertilidad en China es tan grave que las tasas están cayendo por debajo de los 'niveles de reemplazo' y el PIB podría reducirse a más de la mitad en los próximos 30 años, según un estudio", informó recientemente la revista Fortune.
Parece que demasiado tarde, el Partido Comunista se ha dado cuenta de que la aplicación irreflexiva de medidas extremas de control demográfico tendría consecuencias más trascendentales de lo previsto.
Por qué es tan difícil revertir el declive poblacional
Resulta que la población es muy difícil de controlar para obtener los resultados deseados. Los efectos de los cambios en las tasas de fertilidad se retrasan considerablemente; pero una vez que empiezan a notarse, crecen rápidamente. Si bien la población china se mantuvo relativamente estable durante las últimas décadas, la magnitud de los efectos de la política del hijo único apenas comienza a manifestarse. Los demógrafos predicen décadas de una población en declive cada vez más rápido, a menos que la situación cambie drásticamente.
China está aprendiendo la misma lección que muchos otros países desarrollados aprendieron demasiado tarde: que es mucho más fácil reducir las tasas de fertilidad que aumentarlas.
Después de todo, sabemos exactamente cómo prevenir los nacimientos: distribuir cantidades masivas de anticonceptivos, realizar esterilizaciones masivas y luego abortar a cualquier niño no nacido que logre superar estas pruebas antinatales.
Cómo aumentar los nacimientos, sin embargo, es otra historia. Gobiernos de todo el mundo han experimentado con todo tipo de medidas, desde pagos en efectivo (a veces bastante cuantiosos) hasta incentivos fiscales y furgonetas gratuitas, para intentar aumentar la natalidad. Hasta ahora, estas medidas han tenido un impacto prácticamente nulo.
El diario South China Morning Post planteó recientemente la pregunta: "¿En qué medida influyen los incentivos financieros y otras formas de apoyo en la decisión de tener hijos, o de cuántos?". ¿La respuesta? "En China, la conexión parece débil".
Por qué las bonificaciones gubernamentales no contribuyen a la formación de familias
Lo mismo ocurre en casi todo el mundo. Hungría, más que cualquier otro país, ha enfatizado explícita e insistentemente su postura a favor de la natalidad, ofreciendo una gran cantidad de incentivos positivos para que las parejas tengan más hijos. Sin embargo, Hungría solo ha experimentado un aumento muy modesto de la fertilidad tras estas políticas, y la tasa de natalidad del país aún se mantiene muy por debajo de la tasa de reemplazo. Además, ni siquiera está claro si los incentivos explican este aumento o si podría haber alguna otra causa.
Como cada vez más personas empiezan a comprender, el problema evidente es que aprovechar y fomentar el comportamiento pronatalista (es decir, la disposición de una pareja a tener hijos) es mucho más complejo que simplemente ofrecer incentivos económicos.
En gran medida, las parejas no eligen tener un hijo porque su situación económica sea la adecuada. Si bien parece existir cierta conexión entre una economía fuerte y las tasas de natalidad, la correlación dista mucho de ser absoluta.
En muchos países en desarrollo donde los anticonceptivos están ampliamente disponibles, las parejas, aun así, optan por tener familias numerosas porque valoran la idea de tenerlas. Mientras tanto, en los países occidentales ricos, las parejas extremadamente ricas optan rutinariamente por no tener hijos porque no valoran formar una familia.
La publicación Foreign Policy (Política Exterior) dio en el clavo al titular un artículo sobre la crisis de fertilidad: “La caída de la tasa de natalidad en China es una crisis de creencias”.
“La caída de la tasa de natalidad en China no es solo un problema económico, sino cultural”, escribió Emma Zang. “Para muchos jóvenes, el verdadero obstáculo no es el coste de criar hijos. Es más bien la convicción de que la paternidad ya no tiene sentido en un futuro que se percibe incierto e indigno de inversión.
A menos que las políticas aborden este malestar más profundo, los subsidios y las bonificaciones poco servirán para frenar el declive”.
Este es el mismo punto que he planteado en numerosas columnas del articulo semanal Spirit & Life a lo largo de los años, en relación con la cuestión de la fertilidad. Elegir dar la bienvenida a un hijo al mundo es la máxima expresión de esperanza. Pero la esperanza no se construye con políticas gubernamentales. Surge, más bien, en el contexto de una cultura.
Una cultura sin esperanza no puede crear vida
He señalado con frecuencia en estas columnas que la cultura de la muerte engendra más muerte, al igual que la cultura de la vida engendra más vida.
Es imposible aislar ciertos comportamientos morales de otros. Todo acto humano tiene consecuencias, de una forma u otra. La Ley Natural, en otras palabras, es real.
La anticoncepción generalizada y el aborto han provocado graves déficits de natalidad, lo que a su vez conduce al creciente régimen de eutanasia, a medida que las parejas mayores se dan cuenta de que no tienen a nadie capaz o dispuesto a cuidarlas.
Y ahora, incluso en el esfuerzo por revertir estos déficits de natalidad, las parejas y los gobiernos se ven obligados a recurrir a otras tecnologías profundamente arraigadas en la cultura de la muerte.
La esperanza, no las políticas gubernamentales, renovará la civilización
Me entristeció mucho ver recientemente que la administración Trump ha cumplido sus promesas de hacer que la fertilización in vitro (FIV) sea mucho más asequible y accesible para las mujeres.
Si bien esta política puede parecer "provida" a primera vista, dado que el gobierno busca aumentar el número de nacimientos, los costos ocultos distan mucho de serlo. La Iglesia Católica ha advertido desde hace tiempo contra las tecnologías de fertilidad distópicas como la FIV, señalando que separan la procreación de su legítimo lugar dentro de la unión sexual entre esposo y esposa, y que implican la creación y destrucción de innumerables embriones humanos, que son seres humanos en las primeras etapas de su desarrollo.
En otras palabras, en lugar de engendrar un hijo, "para que sea fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres" (Catecismo de la Iglesia Católica, n.o 2378), se engendra un hijo mediante un proceso técnico, considerado un derecho, no un don.
Los obispos estadounidenses respondieron con consternación al anuncio del gobierno. “Toda vida humana, nacida y no nacida, es sagrada y amada por Dios”, declaró el obispo Robert Barron, presidente del Comité de Laicos, Matrimonio, Vida Familiar y Juventud de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos.
“Sin menoscabar la dignidad de las personas nacidas mediante FIV, debemos reconocer que los niños tienen derecho a nacer de un acto natural y exclusivo de amor conyugal, y no de la intervención tecnológica de una empresa. Y las acciones gubernamentales perjudiciales para ampliar el acceso a la FIV no deben incitar a las personas de fe a ser cómplices de sus males”.
El gobierno chino también busca ampliar la disponibilidad de la FIV. Sin embargo, los expertos no están convencidos de que esto marque una gran diferencia.
"Incluso si se ofrecen tratamientos de FIV gratuitos en la sanidad pública, su efecto demográfico es insignificante", declaró Arjan Gjonça, profesor de demografía en la London School of Economics, a Think Global Health (https://www.thinkglobalhealth.org )
El problema no es la falta de disponibilidad de la FIV, que solo afecta al pequeño porcentaje de la población infértil, sino más bien el deseo o la disposición de tener hijos. Y eso, como se mencionó anteriormente, es un asunto mucho más profundo que la economía o la tecnología.
Fe, Familia y Futuro
Recientemente, el Papa León XIV se unió a sus predecesores para lamentar la baja tasa de natalidad, especialmente en Italia, que en su día tuvo una de las culturas familiares más vibrantes del mundo.
“En las últimas décadas, hemos presenciado en Europa un notable descenso de la natalidad”, declaró el Papa en un discurso reciente tras una visita al presidente italiano. “Esto exige un esfuerzo concertado para promover opciones a todos los niveles a favor de la familia, apoyando sus esfuerzos, promoviendo sus valores y protegiendo sus necesidades y derechos”.
“‘Padre’, ‘madre’, ‘hijo’, ‘hija’, ‘abuelo’, ‘abuela’”, dijo. “Estas palabras, en la tradición italiana, expresan y evocan naturalmente sentimientos de amor, respeto y dedicación, a veces heroica, por el bien de la familia, la comunidad y, por ende, de la sociedad en su conjunto”.
El Santo Padre exhortó a sus oyentes a priorizar las iniciativas en favor de la familia. “Hagamos todo lo posible para dar confianza a las familias, especialmente a las jóvenes, para que puedan mirar al futuro con serenidad y crecer en armonía”, dijo.
En otras palabras, es la esperanza, no los incentivos fiscales, los pagos en efectivo ni un mayor acceso a las tecnologías de fertilidad, lo que revertirá el descenso de la natalidad. Algunas de estas cosas pueden ser positivas si se utilizan como parte de un esfuerzo multifacético para crear una cultura de la vida. Pero, en última instancia, la cultura surge de fuerzas mucho más profundas: de valores e ideales compartidos. Y una cultura de la vida solo surgirá cuando las personas valoren la vida como el don que es y la acojan con alegría, con la esperanza segura de que (como lo expresó tan memorablemente el venerable arzobispo Fulton Sheen) “la vida vale la pena vivirla”.
En esto, es la Iglesia, más que los burócratas gubernamentales, la que tiene un papel central que desempeñar. Oremos para que nuestros líderes espirituales encuentren formas nuevas y creativas de hablar a los corazones de nuestras generaciones más jóvenes, dándoles la confianza necesaria para acoger la vida con alegría.
Como presidente de Human Life International, el Padre Shenan J. Boquet es un destacado experto en el movimiento internacional provida y familia, habiendo viajado a casi 90 países en misiones provida durante la última década. El Padre Boquet trabaja con líderes provida y profamilia en 116 organizaciones que se asocian con Vida Humana Internacional para proclamar y promover el Evangelio de la Vida.
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