Por el Padre Shenan J. Boquet – presidente de Vida Humana Internacional
Publicado el 3 de noviembre del 2025
La vida es como una travesía por el mar de la historia, a menudo oscuro y tormentoso,
una travesía en la que buscamos las estrellas que nos indican el camino. Las verdaderas
estrellas de nuestra vida son las personas que han vivido buenas vidas. Son luces de
esperanza. Jesucristo es la verdadera luz, el sol que ha salido por encima de todas las
sombras de la historia. Pero para llegar a él también necesitamos luces cercanas:
personas que brillen con su luz y que así nos guíen en nuestro camino.
Papa Benedicto XVI, Spe Salvi
El pasado sábado, la Iglesia celebró la Solemnidad de Todos los Santos. Esta gran fiesta
nos invita a meditar sobre lo que el apóstol san Pablo llamó la “nube de testigos”: las
innumerables almas que nos han precedido, dando testimonio, tanto de maneras
ordinarias como extraordinarias, de la verdad y el poder del Evangelio.
A menudo, cuando oímos la palabra “santo”, pensamos inmediatamente en algunas de las
figuras más destacadas de la historia de la Iglesia: San Pablo, San Agustín, San Francisco,
Santa Teresa de Ávila, el papa San Juan Pablo II, etc. Y, en efecto, en Todos los Santos
debemos recordar a aquellos santos a quienes profesamos una devoción especial y pedirles
su apoyo y guía.
Sin embargo, en este día, también me gusta pensar en los cientos, o quizás miles, de
activistas y simpatizantes comunes y corrientes provida y profamilia que he conocido
personalmente a lo largo de las décadas. Estoy convencido de que muchos de ellos, que
vivieron vidas ejemplares y sirvieron fielmente al Evangelio de la Vida, ahora disfrutan de la
recompensa de la vida eterna. Cuántos santos comunes y corrientes como estos existen,
nunca lo sabré, al menos no en esta vida.
Pero ¿cómo, si no, comprender la inquebrantable valentía de aquellas almas que se
entregaron por completo a la defensa de la dignidad de la vida humana y la familia,
erigiéndose como baluartes contra la amenazante marea de la cultura de la muerte? Muchos
de estos hombres y mujeres son desconocidos para todos, salvo para un puñado de
personas, y sus actos de sacrificio y heroísmo a menudo solo son conocidos por ellos
mismos, o quizás por un reducido grupo de sus allegados.
Personas comunes que viven una santidad extraordinaria
Pienso en los guerreros de la oración que, semana tras semana, se presentaban frente a la
clínica de abortos local, bajo la lluvia, la aguanieve, la nieve o el granizo, para brindar apoyo
espiritual a las mujeres con embarazos en crisis. Allí, en silencio, ofrecían verdadera
compasión y apoyo, ayudándolas a evitar uno de los peores errores de sus vidas. Y a
menudo lo hacían enfrentando burlas e insultos por parte del personal de la clínica o de
transeúntes.
Pienso también en los numerosos voluntarios que han atendido los miles de centros de
atención para mujeres embarazadas en todo el país (y el mundo), ofreciendo un refugio
seguro para las mujeres que necesitan un espacio amoroso donde reflexionar, lejos de las
presiones que las empujan hacia el aborto. Muchos de ellos no solo han donado
generosamente su tiempo, sino también, con frecuencia, sus recursos económicos,
proporcionando los fondos necesarios para adquirir los edificios y los suministros requeridos
para esta labor.
Voluntarios del programa de adopción de Vida Humana Internacional en Hungría posan con sus
cajas de donaciones navideñas
Pienso en las madres y los padres que acogieron una nueva vida en su hogar y, luego, de
mil maneras sutiles, demostraron a sus hijos que los amaban incondicionalmente, con un
amor semejante al de Cristo. Y al hacerlo, criaron a la siguiente generación de santos
anónimos, aquellos que serán la sal de la tierra, dando sabor a nuestra época, a menudo
insípida, con su compasión, bondad y amor cristiano.
Pienso también en los muchos párrocos y obispos que, con discreción y firmeza, siguieron
predicando el Evangelio de la Vida, incluso ante la enorme presión de feligreses
descarriados, activistas y los medios de comunicación para que transigieran o de lo contrario
tendrían que afrontar las consecuencias.
Construyendo una Cultura de Vida a través de la fundación denominada La
Pequeña Vía
Este es, en parte, el gran poder de esta Solemnidad de Todos los Santos. Nos brinda un
momento para detenernos y reflexionar sobre la realidad de que la definición de santo no
se aplica únicamente a quienes han realizado grandes obras para la Iglesia. Como Santa
Teresa de Lisieux expresó con tanta ternura a sus lectores, lo que más importa no son tanto
las grandes hazañas, sino el amor con el que realizamos nuestros actos, incluso los más
humildes.
Cuando se aplica esta definición de santidad, se hace evidente que el número de
bienaventurados debe ser realmente significativo. En mis décadas de trabajo dentro del
movimiento provida y profamilia, he presenciado innumerables actos de amor. Estoy
convencido de que es la multitud de estos actos anónimos lo que se opone a la ola de odio,
violencia y muerte que, de otro modo, arrasaría nuestra civilización.
Con demasiada frecuencia, centramos nuestra atención únicamente en nuestros políticos,
celebridades y líderes empresariales, olvidando que la fortaleza de una civilización reside en
sus cimientos: los individuos y la familia. La vida de todos los santos afirma y promueve el
primer principio de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad intrínseca de la persona
humana. Y es esta dignidad, no el poder, la riqueza ni el talento, lo que crea una sociedad
justa y humana.
Este principio afirma que toda persona está hecha a imagen y semejanza de Dios, dotada
de un valor intrínseco que ningún poder, ninguna ley ni ninguna circunstancia puede borrar.
Como nos recuerda el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “Una sociedad justa
solo puede ser realidad cuando se basa en el respeto de la dignidad trascendente de la
persona humana” (Nro. 132).
Cada santo, a su manera, defendió la verdad de que la vida humana es sagrada. Algunos lo
hicieron predicando y enseñando, otros mediante actos de servicio o misericordia, y otros
más sufriendo la injusticia con fe y amor. En su testimonio, vemos la luz de Cristo venciendo
la oscuridad de cada época.
Santos que defendieron la dignidad humana
Sin embargo, cuando apartamos la mirada de la “nube de testigos” invisible de la que he
hablado y nos fijamos en aquellos a quienes la Iglesia ha elevado formalmente a la categoría
de ejemplo mediante la canonización, nos sorprende la abundancia de ejemplos a nuestra
disposición.
Consideremos el ejemplo de un joven jesuita llamado Pedro Claver, quien dedicó su vida a
los africanos esclavizados que llegaban encadenados a bordo de barcos españoles a la actual
Colombia. Conocido como el “Esclavo de los Esclavos”, San Pedro Claver recibía a los
cautivos en los muelles, curaba sus heridas y bautizaba a decenas de miles de ellos. En una
época en la que la esclavitud era aceptada e incluso justificada, incluso (trágicamente)
dentro de la Iglesia, su labor fue un acto radical de amor y justicia. Proclamó con sus
acciones que ningún ser humano jamás podría ser tratado como propiedad.
Otro testimonio conmovedor es el de Santa Josefina Bakhita, nacida en Sudán alrededor de
1869 y secuestrada de niña por traficantes de esclavos. Sufrió palizas, humillaciones y un
sufrimiento indescriptible. Sin embargo, cuando más tarde descubrió el amor de Cristo y
obtuvo su libertad, eligió el perdón en lugar del odio. Ingresó en la vida religiosa como
monja canosiana y dedicó su vida al servicio.
Luego está San Damián de Molokai, el sacerdote belga que dedicó su vida a servir a los
enfermos de lepra en Hawái. Donde otros veían marginados a quienes evitar, Damián veía
hermanos y hermanas a quienes amar. Vivió entre ellos, curó sus heridas, construyó hogares
e iglesias, y finalmente murió él mismo a causa de la enfermedad. En una época en que la
sociedad a menudo oculta a quienes sufren, los sintecho, los adictos, los enfermos mentales,
los enfermos terminales, la vida de San Damián nos desafía a reconocer a Cristo en cada
rostro humano.
Pocas figuras modernas encarnaron el Evangelio de la Vida con tanta claridad como Santa
Teresa de Calcuta. Su misión era sencilla pero profunda: servir a “los más pobres entre los
pobres», viendo en cada uno a «Jesús en un disfraz doloroso”. Trataba a los moribundos
olvidados no como estadísticas, sino como al mismo Cristo. “La mayor enfermedad hoy”,
dijo una vez, “no es la lepra ni la tuberculosis, sino el sentimiento de no ser querido” (Un
camino sencillo). Su vida nos enseña que la defensa de la dignidad humana no comienza
con la política, sino con la visión: la capacidad de ver verdaderamente a la persona que
tenemos delante como alguien hecho a imagen de Dios.
La Madre Teresa y el Padre Marx se encuentran en Japón.
¿Y quién puede olvidar el increíble ejemplo de San Maximiliano Kolbe, quien llevó el amor
de Cristo incluso al corazón mismo de las tinieblas, es decir, al campo de concentración nazi
de Auschwitz? Cuando un compañero prisionero fue condenado a muerte, Kolbe se ofreció
voluntario y dio su vida en su lugar. “Soy sacerdote católico; permítanme ocupar su lugar”,
dijo sencillamente. Incluso en un lugar construido para aniquilar la dignidad humana,
demostró que el amor es más fuerte que el odio y que la imagen de Dios en el hombre es
indestructible.
El Papa San Juan Pablo II, quien canonizó a Kolbe y Bakhita, se convirtió en uno de los
mayores defensores de la dignidad humana en la historia moderna. Tras haber sufrido la
ocupación nazi y la tiranía comunista, comprendió las consecuencias de las ideologías que
niegan el valor de la persona. En su encíclica Evangelium vitae, llamó al mundo a rechazar
la “cultura de la muerte” y a construir, en cambio, una “cultura de la vida”. Su mensaje era
profundamente teológico: toda persona, desde la concepción hasta la muerte natural, refleja
la imagen de Dios.
Estás llamado a ser santo
En nuestra época, los ataques contra la dignidad humana son numerosos: el aborto, la
eutanasia, la pornografía, la trata de personas, la guerra y la omnipresente cultura del
descarte que desecha a los débiles, los pobres y los no nacidos. Estos no son meros
problemas políticos o sociales; son crisis espirituales. Son señales de un mundo que ha
olvidado que los seres humanos no son objetos para usar, sino personas a las que amar.
Y, sin embargo, en nuestra época, como en todas las épocas desde la fundación de la
Iglesia, encontramos un humilde ejército de la Iglesia militante, que hace su parte para
responder a la oscuridad con luz, al odio con amor, a la desesperación con esperanza y a la
tristeza con alegría (Oración de San Francisco de Asís).
Quizás lo más importante en lo que podemos meditar al celebrar Todos los Santos es en el
hecho de que todos estamos llamados a unirnos a las filas de tales santos. La Iglesia ha
afirmado claramente la «llamada universal a la santidad», entendiendo que la santidad no
es solo prerrogativa de unos pocos héroes, sino la vocación ordinaria de todo ser humano:
“Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4,3; Efesios
1,4). Y al buscar la santidad, por definición, dedicaremos nuestras vidas a defender la
dignidad humana.
Como se mencionó anteriormente, la dignidad humana la visión correcta de la persona
humana y de su valor único, constituye el núcleo de la Doctrina Social de la Iglesia, pues de
ella se derivan todos los demás principios. Si la persona humana no es sagrada, no hay
verdadera justicia, ni paz, ni caridad. Como escribieron los obispos estadounidenses en El
desafío de la paz: “La persona humana es el reflejo más claro de la presencia de Dios en el
mundo; toda la labor de la Iglesia en pos de la justicia y la paz está destinada a proteger y
promover la dignidad de toda persona” (Nro.15).
Muchas vidas de santos nos muestran que la defensa de la dignidad comienza en casa: en
nuestras familias, nuestras escuelas, nuestros lugares de trabajo y nuestras comunidades.
Quizás no estemos llamados al martirio ni a un testimonio público heroico (¡aunque algunos
sí!), pero todos estamos llamados a realizar sacrificios cotidianos de amor.
Cada uno de nosotros puede (¡y, de hecho, debe!) convertirse en un santo.
P. SHENAN J. BOQUET
Como presidente de Human Life International, el Padre Shenan J.
Boquet es un destacado experto en el movimiento internacional provida
y familia, habiendo viajado a casi 90 países en misiones provida durante
la última década. El Padre Boquet trabaja con líderes provida y
profamilia en 116 organizaciones que se asocian con Vida Humana
Internacional para proclamar y promover el Evangelio de la Vida.
Lea su biografía completa aquí.
https://www.hli.org/2025/11/saints-inspire-us-to-defend-human-dign




