El aborto muestra nuestra debilidad

FUENTE: FORUM LIBERTAS

 

La trivialización del aborto desvaloriza la maternidad y embarazo, incluso contradiciendo la ideología feminista. Aunque la mayoría aparentemente lo acepta, ¿es este silencio una señal de nuestra debilidad como sociedad?

Está por describir los daños terribles, personales y sociales, que el aborto nos ha infligido en una secuencia de dos fases. En la primera, su legalización con limitaciones, que variaban según los países y un tratamiento de “mal menor”. La segunda, ligada a la última oleada del feminismo más belicoso, como derecho sufragado por el Estado; es decir, por todos nosotros.

Nadie puede ignorar esto, porque es una evidencia, pero es una evidencia ausente del debate público y político. Es el gran debate prohibido.

 

En un microvídeo de escasos minutos, de los que las redes van siempre llenas, aparece Milei, el nuevo presidente de Argentina, que en una entrevista, con ribetes de debate con dos entrevistadores, un hombre y una mujer, le plantea, ella, cómo es posible que quien se etiqueta de liberal, puede negar el derecho de la mujer a su propio cuerpo. Milei le explica, de forma breve y clara, que impedir el aborto no significa tal cosa porque el niño engendrado es desde el momento de la concepción un ser humano distinto, poseedor de su propio ADN.

El entrevistador, como si no hubiera escuchado la respuesta, le insiste. Lo que permite a Milei argumentar que lo que sostiene es lo que dice la ciencia, y que lo que ellos plantean es un engaño. El niño no es la mujer, ni ella tiene derecho a su vida a pesar de que durante una serie de meses dependa vitalmente de ella, porque el cuidador nunca tiene derecho a la vida del cuidado. ¡Faltaría más! Aunque la eutanasia facilita introducirnos en esta otra tenebrosa posibilidad.

El aborto está destruyendo -lo ha hecho ya en gran medida- los fundamentos de nuestra sociedad, que tiene en el hijo engendrado, cuidado, nacido y en la actitud cuidadora de la mujer, sus fundamentos, que el estado no puede suplir. El resultado de haber roto este basamento está a la vista en Europa y de forma creciente en España.

 

Los niños desaparecen de nuestras calles; si son Down ya están casi totalmente exterminados, porque el aborto, aunque lo oculten, es también una práctica eugenésica que sirve para liquidar a los imperfectos. Aunque luego, eso sí, se marcan una de sensibilidad para sustituir la palabra “discapacitado” de la Constitución porque es ofensiva. Vale, pero en el mientras tanto, si detectan que el discapacitado al que no quieren ofender está en el vientre de la madre, lo matan legalmente. Y sin niños y sin mujeres capaces de continuar siendo la piedra angular de nuestra sociedad, aquella que determina la posición de toda la estructura, si su ubicación es equivocada, errónea o no está bien situada, toda la estructura estará desviada, será frágil y podrá derrumbarse. En eso están y lo llaman progreso.

Y esto es lo que sucede cuando se producen (2022) 96.599  abortos registrados, sin considerar –nadie conoce la cifra- los provocados por la pastilla del día después y tan solo 329.251 nacimientos. Sí, una a tres, esa es la proporción entre abortos y nacimientos, y constituye una brutalidad que tiende a crecer. Eso también pretenden ignorarlo. Pero el aborto es una de las causas de nuestro hundimiento demográfico, que nos aboca a un lógico proceso de sustitución. En Barcelona más del 27% de la población ha nacido en el extranjero, y si a esto se le añaden los hijos, superan ya la tercera parte de los residentes, y creciendo, porque a pesar de que el balance vegetativo es negativo, la ciudad crece poco a poco: se sustituyen los autóctonos por las personas de origen extranjero, y esto tiene poderosas consecuencias.

En 2022 el número de abortos por embarazo se sitúa en el 23%, la cifra más alta de toda la serie que comenzó en 1987, con un 3,7%, según “Demografía del aborto en España” realizado  por el Observatorio Demográfico CEU CEFAS, dirigido por Joaquín Leguina y coordinado por Alejandro Macarrón. Aquellas dos cifras resumen la enormidad de lo sucedido.

Claro que significa muchas más cosas. La trivialización del aborto significa una infravaloración política de la maternidad y del embarazo; es decir, en aquello que es propio y único de la condición de mujer, algo a lo que contribuye contradictoriamente la ideología feminista, incluso aquella que niega a los “trans” su condición femenina en nombre de la condición femenina, y al mismo tiempo menosprecian el factor diferencial por excelencia: la capacidad de engendrar y tener hijos.

Pero, a pesar del daño, de la catástrofe en todos los órdenes que todo esto significa, la mayoría de la población española parece aceptarlo, y digo parece porque cuando un debate está prohibido, el valor de la opinión pública es relativo. Pero lo que sí muestra sin matices es nuestra debilidad, la de quienes defendemos la vida desde distintas filosofías y creencias; la de aquellos que aceptan el aborto, pero no la formulación radical actual; los católicos y la propia Iglesia. Todos estamos cuestionados por nuestra incapacidad. ¿Cuál fue la última vez que escuchó una homilía que se refiriera al aborto? ¿Cuántas campañas ha emprendido la Iglesia en España en relación con algunos de sus aspectos? ¿Qué atención y estrategia registran sus grandes medios públicos, 13 TV y COPE? ¿Qué folleto por la vida encontramos en la mesa de nuestra parroquia cada domingo? Y así podríamos seguir.

Y las bienintencionadas asociaciones que defienden y ayudan a la vida con denodado esfuerzo, más de un centenar en España, las grandes asociaciones católicas, viven en un universo fragmentado. La Asamblea de Asociaciones por la Vida, la Libertad y la Dignidad es un intento de superar el minifundismo sin renunciar a lo propio, pero sus medios son demasiado escasos como para obtener resultados persistentes y sobre todo introducir un cambio de paradigma en la victoria actual del aborto, que es también la victoria de la irracionalidad, de la arbitrariedad de los tiempos oscuros. La verdad es nuestra, la razón también, pero vamos perdiendo. ¿Está clara nuestra impotencia?