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Milagros pide a quienes, como ella, hayan abortado, «que se acerquen a Dios y oren por sus hijos»

Por Milagros Luciano
Hola, ante todo muchas gracias a Dios por darme otro día de vida.
Durante años tuve relaciones difíciles y decisiones que me llevaron a destruirme como persona y también al aborto en diversas ocasiones. ¿Cómo cambié de vida? Pues me hice seguidora de EWTN, un exitoso canal católico y es ahí donde conocí el testimonio de Patricia Sandoval, una gran activista pro vida. En su persona me vi totalmente reflejada, me emocionó su valentía para contarlo y su conversión.

El testimonio de Patricia fue una inspiración y me tocó el corazón de lleno hasta el punto de acercarme a la confesión, lo cual pensé iba a resultar un momento durísimo pero acabó siendo una enorme sanación para mi alma. Todavía no he vivido un retiro post aborto pero imploro y ruego a Dios su misericordia a pesar de no merecerla.

 El aborto es algo injustificable, lo digo por experiencia propia. Siento que, a pesar de mi error, Dios me ama, nos ama a todas las mujeres que hemos pasado por esta situación. Mis ángeles, esas inocentes criaturas a las que aborté, están presentes conmigo cada día. Solo pido que mujeres que pasan por la desagradable experiencia del aborto se acerquen a Dios y oren por sus hijos ya que Jesucristo vela por nosotras.

Milagros Luciano escribió este testimonio personal para compartirlo en SalvarEl1

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Aborté a mi hijo y, con él, toda mi vida

Salí de mi hogar paterno a la universidad, con la idea de que una persona independiente, es aquella que solo se compromete consigo misma, antes que con cualquier cosa. Era mi visión de la mejor forma de conquistar al mundo. Una visión de independencia a ultranza, un valor al que se debían subordinar el resto de los demás valores.

Paradójicamente construía mi vida a base de renuncias y compromisos. Así, renuncie a muchas carreras para estudiar ingeniería, con tal compromiso, que por mi dedicación, pronto tuve acceso al éxito profesional. Igual renuncie en su momento, a un cómodo trabajo en una empresa, por otro más exigente pero mejor pagado; renunciaba muchas veces a dormir ocho horas cuando el logro de una meta lo imponía. Renunciaba y me comprometía cuando las circunstancias coincidían con mi filosofía de conveniencia.

En otros campos en donde no encontraba este sentido de conveniencia: elegía, pero sin comprometerme. Hacerlo así, era para mí era el culmen de la madurez de quien siempre tiene el control de su vida. Eso pensaba.

Esta actitud terminaría costando una vida humana… la de mi hijo.

Mi historia puede lamentablemente no tener nada de original, pero contiene todo el drama de la vida de tres personas, aunque una de ellas no llegara a ver la luz.

Una de esas historias de un hombre y una mujer que coinciden en una “libre relación” sin más compromiso que la simple convivencia para pasarla bien. Ambos coincidíamos en el concepto ideologizante de que independencia es igual a libertad, y libertad igual a la ausencia de compromiso. Los dos vivíamos con un yo exacerbado, individualista, que por supuesto excluía la noción del amor humano como posibilidad de verdadero encuentro personal.

Por descuido, concebimos un hijo. Como distaba de ser deseado, nos referimos a él solo como “el producto de nuestra relación” sin pensar ni remotamente en ponerle nombre y apellidos, pues apareció como una agresión a nuestros respectivos proyectos de vida; un atentado a nuestros interesas vitales. “Algo” no “alguien” que había entonces que reprimir y por ello apelamos a la cultura mediática de términos como: “el derecho sobre mi cuerpo”, “no se trata aun de una persona” “modernidad y libertad”. Conceptos que metimos en nuestras entrañas después de haber vaciado de su verdadero significado a las palabras: persona y justicia. Al hacerlo, lo que realmente hicimos fue vaciar nuestras propias vidas, esterilizándolas, para luego sufrir estúpida y neciamente el resto de nuestra existencia.

El supuesto ejercicio de nuestra “madura libertad” en realidad ocultaba el temor a un compromiso que nos complicara la vida, un temor que nos convirtió en asesinos. Dimos la espalda a la verdad de que el verdadero sentido de la libertad es elegir, y que el elegir establece un compromiso de amor; más que nada tratándose de un hijo, de una nueva vida.

Pensábamos mal y actuamos de la misma manera.

Lo redujimos así a una cuestión por la que habríamos de pasar, por lo que consideramos una mala noche en una mala posada, nada más falso. Actuamos con una pseudo fortaleza que pronto se derrumbó, pues bien sabíamos que ambos éramos cómplices en una maldad por la que nos habíamos animado mutuamente a llegar a la puerta de la clínica con un embarazo ya de semanas, en donde nos cubrieron de tristes eufemismos para comprar nuestras conciencias.

Nos convertimos en cómplices de médicos y enfermeras en un: “aquí no ha pasado nada”.

Pero si había pasado.

Al principio pudimos anestesiar nuestras conciencias hablando del asunto como si nada, fingiendo que lo pasado no nos atañía ni afectaba, pero pronto el sentimiento de culpa se manifestó en ambos con irritabilidad, nerviosismo, desasosiego. Era evidente que mi novia sufría más que yo una perdida en la más profunda intimidad de sus ser personal, y empezó a desesperarse.

Le propuse matrimonio, no por amor, sino en un absurdo intento por resarcirla emocionalmente. Y nos casamos por lo civil.

Teníamos recursos,  así que planeamos unas largas vacaciones en busca de una magia que nos permitiera desechar lo que considerábamos aun un duelo pasajero; una culpa sin fundamento y una situación anecdótica por la que no creíamos necesitar reestructurar nuestro ser espiritual. Pero entramos en un callejón sin salida.

Había sido más fácil sacar a nuestro hijo del vientre de su madre que sacarlo de nuestras mentes y corazones, el tiempo se encargó de hacérnoslo ver. El mal uso de nuestra libertad nos hizo sus reos, pues constantemente nos encontrábamos como anclados en el pasado, sin interés por el futuro y sin ilusión por amar y ser amados; por lo tanto, sin ilusión por otro hijo ante un duelo no resuelto.

Nos obsesionamos por imaginar a nuestro hijo en la edad y características que tendría, de haber nacido; de cómo serían sus facciones, su carácter, su sonrisa, su forma de decirnos que nos quería; y desviábamos nuestra vista cuando en algún lugar público aparecía un niño en el que creíamos ver características semejantes. Con un cada vez más fuerte sentimiento de culpa pensábamos recurrentemente en: cómo no se nos ocurrió esto o aquello, para no haber tomado esa decisión.

Finalmente terminamos culpándonos el uno al otro y nuestra relación no pudo seguir adelante. Han pasado algunos años, no tengo su dirección, desconozco su paradero.

Espero en Dios que  ella aproveche este año jubilar, para que al igual que yo, consciente del pecado se acerque a la reconciliación. Que encuentre quien la anime como lo han hecho conmigo. Pienso que la herida aun cicatrizada nunca nos dejara de doler, pero lo más importante es la posibilidad de reconstruir cada uno nuestro ser, y escapar de ese oscuro callejón sin salida. De volver a la fe.

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El aborto no es salida, sino entrada a un camino lleno de sufrimiento

Me animé a redactar este testimonio gracias a que encontré por fin el inicio de la paz y el perdón que tanto andaba buscando desde que, hace un año, opté por la decisión “más fácil”, “más cómoda”, la que “dañaría a menos personas”, y la que al mismo tiempo terminó dañando a la persona que más amé hasta el momento: mi propio hijo.
 
Hace un año mi novio y yo, que llevamos juntos 7 años, descubrimos que estábamos esperando un hijo. Esto pasó cuando yo no podía seguir tomando anticonceptivos por motivos de salud. Fue una noticia que me dejó sin aliento. Sentí que perdía el juicio, y no era porque era una adolescente de 15 o 20 años, ya tenía 26 y una carrera profesional concluida, al igual que él. Simplemente sentí que no podría con la responsabilidad, que no estaba preparada, que no podría darle todo lo que pensé darle a mi primer hijo. Ahora puedo resumirlo en puro egoísmo.
 
Una de las cosas que más me reprocho es que mi novio había aceptado con alegría la noticia y, al ver mi negativa, me propuso que lo tuviese y que después me olvidara de él, que él lo criaría. A eso yo le respondí: “si tengo este hijo, me perderás a mí, porque no lo voy a soportar. O me ayudas, o lo hago sola”. Y así, en cuestión de horas, terminó aceptando.
 
Buscar a alguien dispuesto a “ayudarme” no fue difícil. Yo me mostraba muy decidida, aunque en el fondo el miedo me dominaba, y aunque no quería aceptarlo, yo ya lo estaba amando así de chiquito, casi imperceptible como lo vimos en la ecografía. En fin, llegó el día y muy segura fui a la clínica y en cuestión de minutos acabaron no sólo con mi hijo, sino con una parte de mí.
 
Hoy puedo decirles que el dolor físico no es siquiera comparable con el dolor que sentía en el alma. En el instante que salí un terrible arrepentimiento me invadió porque se me abrieron los ojos: ¡había matado a mi propio hijo! Eso fue peor que arrancarme una pierna o un brazo.
Mi novio también experimentó el mismo arrepentimiento y desde entonces solo buscamos formas de evadir el dolor. Nos sumergimos en el trabajo, en la rutina, en las cosas materiales, pero nada hacía que el dolor realmente pasara o mejorara y que volviéramos a sentirnos en paz. No había un solo día que no me sintiera arrepentida, que no llorara. Le pedí perdón a Dios muchas veces, empecé a leer la Biblia en busca de respuestas, iba a Misa, pero no me animaba a confesarme porque pensaba que no me perdonarían.
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Luz Marina: nuestra comodidad más importante que la vida de nuestro tercer hijo

Es más fácil aceptar la voluntad de Dios que aceptar tu propio crimen...

Desde un principio supe de alguna manera que en Dios  era mi única esperanza pero cómo podía volver a Él después de lo que había hecho Dios es maravilloso y puso en mi camino un sacerdote que me recordó el Dios misericordioso de que yo me había alejado y me había olvidado[...]
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